Elena Bargues,

En relatos de sábado, hoy con el Botín de Cartagena de Elena Bargues

2/21/2015 09:00:00 a. m. Maria Esther Borrero Calderita 0 Comments


     Este sábado os traigo un trozo del capítulo de El Botín de Cartagena de Elena Bargues, libro que reseñaremos aquí, el próximo lunes, un libro que me ha encantado y estoy deseando que llegue ya la tercera parte de este libro, el primer libro lo reseñamos aquí,, ahora vamos a por el capítulo.

1

     Desde la toldilla, Antoine Laver, capitán del Le Fort, dominaba el panorama del nuevo puerto junto a su reciente esposa, Mariana, y la doncella, Teresa, quienes asistieron a las maniobras para fondear en la bahía de Brest. A causa del botín incautado en Cartagena de Indias, no aproximó la nave a los muelles, desde los que se facilitaría el acceso a bordo y se dificultaría la vigilancia. Laver había ordenado disparar un cañonazo de aviso y los curiosos se arremolinaban en la costa. Los hombres habían trepado a la arboladura para aferrar las velas bajo el mando del segundo oficial, el señor Pardieu, que había sido liberado del confinamiento en el camarote. El señor Pardieu no compartía la admiración de la tripulación por el capitán; por el contrario, manifestaba una abierta aversión. 

     La intranquilidad y el nerviosismo reinaban sobre la cubierta; ningún otro barco de la flota del barón de Pointis había retornado de la misión en el Caribe. Laver y Latour, el primer oficial, conjeturaron al respecto y concluyeron que se habrían visto obligados, a causa de la persecución de los ingleses, a doblar el cabo de San Antonio en Cuba para buscar los alisios de vuelta, siempre que no hubieran tenido otro mal encuentro. A esto, había que añadir la ansiedad de los hombres por desembarcar: había sido larga la ausencia de la patria y del hogar. Habían salido de Brest en enero y ya se había iniciado agosto. Sin embargo, Laver se mostró firme en su decisión de que nadie desembarcara y dio orden a Marcel de que izase las señales que exigían la presencia de la autoridad portuaria. Ésta los abordó a primera hora de la tarde. Laver los recibió en la cámara.

 —Monsieur Noiret, intendente real, y monsieur Charpentier, oficial al frente del puerto. ¿No pueden desembarcar a causa de alguna enfermedad infecciosa? —apremió el señor Noiret, nervioso ante la posibilidad de un contagio. 
—En absoluto. Estamos todos muy sanos. Soy el capitán Laver y mi nave pertenece a la escuadra del general de Pointis.
 —Hemos reconocido el navío y hemos enviado un mensaje a París para advertirles de vuestra llegada. 
—Mientras no lleguen instrucciones de allí, no desembarcaremos —decretó Laver.
 —¿Cuál es la causa de una decisión tan absurda? —preguntó el intendente, receloso. 


     Laver lo examinó con más detenimiento: un hombre regordete, de labios gruesos y flácidos. Pero, a pesar de la anodina apariencia, sabía que era peligroso. El rey había llenado el país de esos astutos burócratas que recogían información, fiscalizaban las cuentas y controlaban a la población en nombre del rey. En realidad, eran los perros guardianes que le mantenían informado. Laver los despreciaba porque eran personas inferiores que se volvían arrogantes por su cargo; la nobleza los odiaba porque eran los chivatos de todos sus movimientos; el pueblo los esquivaba porque eran los que velaban por los impuestos.

 —El barón de Pointis ha distribuido el botín entre las naves para asegurar la llegada de la mayor parte posible. En las bodegas hay oro, plata y joyas. Nadie abandonará el barco hasta que alguien autorizado se responsabilice de ello. 
—¡Oh! –exclamó el señor Charpentier—. ¡Un tesoro! La flota vuelve con éxito. 
—Eso espero —replicó Laver con frialdad—. Mientras tanto, guardaréis el secreto hasta que el rey sea informado y haya tomado sus decisiones. 
—Estáis muy acertado, capitán —ratificó el intendente—. Seremos discretos hasta nueva orden. ¿De dónde procede el botín?
 —Conquistamos Cartagena de Indias, la perla española del Caribe —informó Laver con orgullo.
 —¡Alabado sea el Señor! El rey estará de enhorabuena. Ahora, si nos lo permitís, regresaremos a tierra.
 —Tenéis mi permiso, pero debéis procurarnos agua y alimentos frescos. 

    A última hora de la tarde, abarloaron dos barcazas con los abastos, que fueron muy bien recibidos por una contrariada tripulación. Mientras éstos eran izados a la nave, Latour, el primer oficial, vigiló los movimientos del segundo al mando y aprovechó el momento en que éste se asomaba por la borda para empujar a uno de los lugareños contra él e introducirle una nota en el bolsillo de la casaca. El lugareño, confundido, se deshizo en excusas con el señor Pardieu. Desde lo alto de la toldilla, Laver fue testigo de todo.

      El general de Pointis había asignado al señor Pardieu como segundo oficial al Le Fort en Cartagena de Indias, pero durante la travesía había sido una fuente de conflictos al no adaptarse a las normas del barco ni compartir el punto de vista de Laver, su capitán. Molestó tanto a la tripulación que Laver se vio precisado a encerrarlo para evitar algún extraño accidente. Sin embargo, a causa del desembarco de arcones requisados y no declarados durante el asalto en Saint Pol de Léon, antes de entrar en Brest, y del resentimiento que destilaba en sus formas el segundo oficial, Laver y Latour, unidos por una larga y fuerte amistad por encima de rangos militares, habían decidido que, para su tranquilidad, era mejor hacer desaparecer a tan molesto testigo. Laver había planeado cómo hacerlo sin involucrar a nadie del barco, excepto a su amigo Latour. Había asuntos privados que no debían delegarse.

      Laver se dejó ver por todo el barco bajo el pretexto de revisar los desperfectos habidos durante la travesía, con el contramaestre a la zaga tomando nota de ello. Cenó rodeado de los oficiales para celebrar la llegada al puerto, después se excusó y se retiró con Mariana, la española que le había salvado la vida durante el asalto a Cartagena y con quien había contraído matrimonio. Mariana destacaba por su belleza y, sobre todo, por los ojos rasgados y perfilados por unas oscuras pestañas que realzaban el color meloso del iris: los cartageneros la bautizaron con el sobrenombre de Ojos de Miel. No obstante, él quedó prendado de la inocencia que se desprendía de su escasa experiencia y de su inteligencia y educación, inusual en una mujer. Hablaba el francés y el italiano perfectamente, se defendía en inglés; había estudiado comercio y contabilidad con un genovés de su Sevilla natal, con la esperanza de entrar a formar parte de la familia Veglio. Pero el padre truncó ese destino al pagar una deuda de juego con la persona de la hija, quien se encontró embarcada para casarse con un oscuro comerciante de Tierra Firme. Sola y abandonada a su suerte, Laver la rescató de unos degradantes esponsales, al convertirla en su esposa y protegerla con su nombre.




 
Tras el asalto y conquista de Cartagena de Indias, la fragata Le Fort regresa al puerto de Brest con parte del botín obtenido.
El capitán, Antoine Laver se convertirá en el octavo duque de Anizy al morir su hermano, heredando un ducado arruinado, pero pronto se dará cuenta de que el mayor botín que ha traído de Cartagena no es el oro y la plata del rey, sino la esposa española, Mariana, con una formación en finanzas fuera de lo común para la época. Mientras tanto, la joven tendrá que desenvolverse en un París que se ha convertido en el centro de la moda, de la cocina, de los perfumes y de una industria manufacturera de lujo única en el mundo.
Una nueva y trepidante aventura en la que sólo el amor les permitirá vencer las intrigas palaciegas en la peligrosa Francia de Luis XIV.
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