Donna Grant,

Relatos de Sabado- Fiebre Salvaje de Donna Grant

3/28/2015 09:00:00 a. m. Maria Esther Borrero Calderita 0 Comments



     Esta semana os traigo un poco del libro que ayer presente de Donna Grant, "Fiebre Salvaje", espero que os guste.




Suroeste de Luisiana
Junio
     Vincent Chiasson cerró los ojos y permaneció agachado al final del muelle. El aire era  pesado y el calor agobiante, incluso a medianoche. Oyó el chapoteo de un caimán entrando en el agua al otro lado del pantano. A su derecha, el siseo de una serpiente de agua, y a su alrededor los ruidos del pantano llenaban la noche.

      Pero él no iba en busca de nada de todo eso. Él se dedicaba a cazar a las criaturas de la noche, los seres que la gente creía que solo vivían en la imaginación y en las películas. Eso era lo que los Chiasson habían hecho durante siglos. Todo había empezado en Francia, continuó en Nueva Escocia y siguió siempre con ellos hasta Luisiana.

Un grito desgarró el aire de la noche. Vincent abrió los ojos de golpe y giró la cabeza bruscamente hacia la izquierda. Se puso de pie y salió corriendo otra vez por el muelle hasta llegar a tierra firme. Conocía aquel lugar como la palma de su mano.

     Conocía cada tronco y cada curva del pantano. Vincent corrió raudo como el viento para encontrar a la mujer antes de que la criatura pudiera atacar de nuevo. Otro grito rasgó el aire, esta vez cargado de miedo... y de muerte. Vincent imprimió más velocidad a sus piernas. Saltó por encima de un tronco y se detuvo al borde del agua. Todos sus instintos le decían que tenía que apresurarse a llegar adonde estaba la mujer, pero el sigilo era lo único que le permitiría acercarse a la criatura. Con la respiración entrecortada, Vincent entró silenciosamente en el pantano. El agua le llegaba hasta las rodillas, pero ni siquiera se movió al entrar. Un caimán que había a su derecha le miró, Vincent se desplazó más hacia la izquierda, con la esperanza de rodear a la criatura y llegarle por detrás.

    –¡Por favor! –gritó una mujer– ¡Que alguien me ayude!


     Vincent apretó los dientes y alargó la mano hasta tocar el machete, que llevaba atado a la cara exterior del muslo derecho. Extrajo la daga y mantuvo la mirada fija al frente. Sus tres hermanos también estaban rodeando a la bestia. Esto iba a terminar esta noche.

     La mujer y la criatura se encontraban a unos quince metros de donde estaba él, en un pequeño saliente. La luna llena iluminaba lo suficiente como para que Vincent pudiera ver que la mujer estaba haciendo todo lo posible por incorporarse. Clavaba las manos en la tierra y miraba constantemente a sus espaldas.

      Vincent estaba decidido a matar a la criatura esa noche. Se deslizó hacia la izquierda, donde había un bosquecillo de cipreses. Tan pronto como salió del pantano estuvo listo para matar.

       Se acercó más, manteniendo las piernas flexionadas y el cuerpo oculto entre las sombras. Cuando estaba a solo seis metros de distancia vio a la criatura. Era un ser corpulento, con el cuerpo cubierto de pelo oscuro y unas garras increíbles, pero no pudo verle la cara. Estaba inclinada encima de la mujer, y Vincent supo que era ahora o nunca. Salió de entre los árboles blandiendo el machete justo cuando el grito de la mujer resonó por todo el pantano una vez más.

      Se detuvo en seco al llegar adonde estaba la mujer. La criatura había desaparecido y había sangre por todas partes. Se arrodilló al lado de la mujer y se estremeció.

–Molly Guidry –dijo la voz de Lincoln a sus espalda–, y ya van tres en una semana.
Vincent se puso de pie y miró a su hermano.
–No necesito un recuento, Linc, sé exactamente a cuántas ha matado.
–Hijo de puta –murmuró Beau saliendo del pantano.
Lincoln se pasó una mano por la cara.
–Estaba seguro de que esta vez ya le teníamos.
–Yo también lo estaba.

     Vincent lo había organizado todo perfectamente. Deberían haber cogido a la criatura. Beau miró a su alrededor.

–¿Dónde está Christian?

    Los tres se pusieron a buscar a su hermano hasta que un silbido les hizo darse la vuelta y mirar a su derecha.

–Allí –dijo Lincoln.

     Mientras sus dos hermanos se dirigían hacia donde se encontraba Christian, Vincent se quedó al lado del cuerpo de Molly. La conocía desde que nació. Sus padres eran amigos de toda la vida y por tanto ellos se veían a menudo. En un momento dado, Molly había estado medio enamorada de Christian.

     Miró a Christian. ¿Sabía que se trataba de Molly? Maldición, este lío se les estaba yendo de las manos. Conocían a las tres víctimas. Tampoco es que eso fuera demasiado raro en su pequeño pueblo cajún, pero desde luego no facilitaba las cosas, igual que contactar a los padres de Molly iba a ser una de las cosas más difíciles que le había tocado hacer en su vida. Lincoln regresó a su lado y se agachó.

–Le he dicho a Christian que es Molly. ¿Sabías que habían salido juntos la semana
pasada?
–No –A Vincent no le gustó el malestar que le embargó. ¿Era una coincidencia que hubieran matado a Molly?–. Creía que había renunciado a Christian.
–Todos lo creíamos –suspiró Lincoln–. No se lo está tomando nada bien.
Vincent se levantó y sacudió la cabeza ante la horripilante visión.
–¿Qué ha encontrado Christian?
–Huellas de garras.
–Le estamos dando la caza a una criatura que ni siquiera hemos identificado. Estamos totalmente jodidos.

     Lincoln le dio una palmada en la espalda.

–Siempre hemos logrado salir adelante y esta vez también vamos a conseguirlo.
–Tengo mis dudas. Estábamos perfectamente situados para encontrar a ese hijo de puta. ¿Cómo diablos pudo escapársenos sin que le viéramos o le oyéramos?

     Vincent no esperó a que su hermano le respondiera, porque no había nada que decir. Se
inclinó y cogió a Molly en brazos con mucho cuidado.

–¿Quieres que vaya contigo? –preguntó Lincoln. Vincent negó con la cabeza.
–Vosotros tres mirad qué más podéis encontrar. Nos veremos en casa.
–Papá y mamá siempre sabían qué decirles a las familias y tú heredaste su mismo don.

     Sinceramente, él lo dudaba. La mayoría de los habitantes del distrito sabían a qué se dedicaban los Chiasson, pero eso no siempre significaba que fueran bienvenidos en las casas.A los Chiasson se les respetaba, pero se les temía, y eso suponía llevar una vida solitaria. Era una larga caminata a través del pantano hasta la casa de los Guidry. Oyó llorar incluso antes de ver la casa. Cuando salió de entre los árboles, cuando la luz iluminó su silueta, un hombre avanzó hacia él.

     Era Hank Guidry, el padre de Molly. Vincent respiró hondo y siguió andando hasta llegar
adonde estaba Hank. En el porche, el llanto se hizo más fuerte, atormentado por el dolor.

–Supe que algo andaba mal al ver que no regresaba a casa después de cerrar la tienda – dijo Hank con la voz entrecortada, mirando a su hija–, ella nunca se retrasaba.

Vincent miró al suelo. ¡Cómo odiaba esta parte del trabajo de su familia! Daba igual cuántas veces le tocara hacerlo, siempre le resultaba igual de difícil.

–¿Matasteis a esa cosa? –preguntó Hank.

Fue la crueldad de su tono lo que atrajo la mirada de Vincent. La sed de venganza, el ansia de herir a algo igual que le habían herido a él estaba tan clara en los ojos de Hank como la luna en el cielo.

–Casi lo logramos.

Pero Vincent sabía que eso no era suficiente, nunca lo era.

–¡Casi! –gritó Celine desde el porche cerrado– ¿Casi lo lograsteis? ¿No es ese vuestro oficio, Vincent Chiasson? ¿No os dedicáis a cazar a esas criaturas del mal? ¿Cómo pudisteis dejar que matara a mi pequeña? ¡A mi única hija!

     Cada una de sus palabras era como un puñal que se le clavaba en las entrañas. Vincent pasó junto a Hank y se dirigió hacia el porche. Abrió la puerta mosquitera con el hombro, pasó junto a Celine y entró en la casa.

    Depositó a Molly con cuidado en el sofá y se dio la vuelta para marcharse, pero Hank le
cerró el paso.

–Se suponía que esto no debería haberle pasado nunca a mi pequeña –dijo Hank, con las
lágrimas rodándole por las mejillas. Se quitó las gafas y meneó la cabeza–. Os ayudaré en lo
que pueda a matar a esa criatura, Vincent. Ya ayudé a vuestro padre en alguna ocasión y haré
lo mismo por vosotros.

    Vincent apoyó una mano en el hombro de Hank.

–Quédate aquí con tu mujer y entierra a tu hija. Si Dios quiere, para entonces ya
habremos matado a esa cosa, y si no... te llamaré.



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