Azahara Vega,

Relatos de Sábado de El guerrero de mi destino de Azahara Vega

4/25/2015 05:44:00 p. m. Maria Esther Borrero Calderita 0 Comments



Prólogo

     Cuentan las leyendas que en la época en que los highlanders corrían libres por sus tierras, la barrera que separaba el mundo de los mortales del mundo mágico, se resquebrajó.

     La brecha que apareció permitió el paso entre los dos mundos de los dominadores de la magia,
comenzando una era en el que la magia se descubrió en todo su esplendor.

      Con el paso de los meses, el tránsito de seres del mundo mágico cesó al cerrarse abruptamente
la barrera, quedando irremediablemente atrapados en las Highlands, decenas de hombres y
mujeres que dominaban los elementos.

     Los líderes de varios clanes de las Highlands no tardaron en ofrecer cobijo a los refugiados. La esperanza de utilizar el poder mágico que presentían en aquellas criaturas para su propio beneficio, nubló sus mentes y sus corazones.

     No tardaron mucho tiempo en surgir sangrientas batallas entre los clanes. En cuestión de unos
pocos años, centenares de guerreros murieron bajo el filo de la espada enemiga, ensangrentando las fértiles tierras de las Highlands.

     Los miembros de la raza mágica, llamados así mismos Vaniors, contemplaron con desolación la
destrucción y el caos que imperaba a su alrededor.

    No dudaron en tomar una decisión.

     En lo alto de una colina se reunieron los dominadores de magia atrapados en este mundo. Miembros de las cuatro casas cooperaron, por primera vez en su historia, para abrir un portal que los alejara de aquella destrucción. Utilizaron todo su poder en debilitar, por unos instantes, la barrera.

     El cielo comenzó a llorar cuando la silenciosa procesión de poderosos Vaniors penetró la brecha a su tierra. Detrás dejaron las familias que formaron, para poder seguir manteniendo el equilibrio de poder en este mundo.

    Cuando pasó el último de ellos a sus tierras, la brecha se cerró y la magia desapareció de nuestro mundo.
¿O quizás no?

     Uno de los cuatro clanes que los acogieron, logró pactar con los Vaniors que vivían en sus tierras. Obtuvieron así unos extraños pergaminos, escritos a mano en la antigua lengua mágica.

     Se decía de ellos, que poseían tal poder que quien los utilizase tendría el mundo a sus pies. Pero tan sólo los descendientes de una unión entre un mortal y un Vanior sería capaz de leer lo que en los pergaminos estaba escrito. A través de un complejo ritual, los poseedores de los pergaminos abrirían el puente entre los dos mundos, desequilibrando de nuevo la balanza entre los clanes.

     Durante años centenares de guerreros murieron durante la búsqueda de los escritos Se decía que quien los tuviese podría dominar el mundo. Poco les importó si serían capaces o no de leerlos, la leyenda que rodeaba a los pergaminos se distorsionó hasta convertirse en un objetivo que todo avaricioso deseaba poseer. Y este oscuro deseo les corrompió hasta tal punto, que llegaron a matarse entre ellos.

     Lo que ninguno de estos desdichados sabían era que aquel que osara invocar el poder oculto en los textos mágicos tendría que pagar un precio muy alto.

     Su alma.

     Su corazón.

Capitulo 1

Highlands 1134 D.C, actual isla de Lewis

     La tensión se podía palpar en aquella estancia del castillo. Nadie de los presentes se atrevía ni siquiera a toser, permaneciendo atentos al transcurso de la asamblea a la que estaban asistiendo,
atraídos por la curiosidad y la expectación.

     Todos los que se habían podido librar de realizar sus tareas, se habían acercado hasta el gran salón para poder vivir de primera mano la importante reunión.

     Esa tarde se discutía si aceptaban o no, la sugerencia que había expuesto Gaerth McLeod.

     El clan estaba dividido. Unos consideraban que el plan era descabellado, y otros, por el contrario,
lo veían como la única solución posible a la actual situación.

     Sin embargo, se podía decir, sin riesgo a equivocarse, que en lo único en que coincidían los presentes era en que la decisión que se tomase podría llegar a cambiar el destino e incluso la historia
del clan. Por ello nadie quería perder ni el mínimo detalle de lo que estaba aconteciendo en aquella
estancia.

     Al menos debía de haber unas cincuenta personas en el salón, atentas a las expresiones que mostraban los venerados seanachaidh al deliberar, después de haber escuchado durante una hora la
propuesta del joven heredero.

     En medio de aquella gran sala, ignorando las curiosas miradas de los presentes, y a tan solo unos
pasos de la mesa que presidían los miembros del Consejo de Seanachaidh, se encontraban de pie y
cruzado de brazos el hijo del Laird, Gaerth McLeod protagonista absoluto de esa tarde.

     Para los miembros del clan, el guerrero sería el siguiente Laird McLeod Oscuro, al ser el hijo
legítimo del actual y por tanto su único heredero.

     Los extraños, en cambio, cuando se encontraban cara a cara con él, tan solo veían la apariencia
externa que mostraba, la de un hombre frío, que no admitía una traición, y que lucharía a muerte por
lo que cree y por su gente.

     No se sentían tentados en conocer el interior de la bestia. Para ellos, el highlander Oscuro apodado por todos el Ángel Caído, tan solo era un hombre de gran envergadura y mirada fría.

    Sus cerca de dos metros, hombros anchos y brazos poderosos, capaces de romperle el cuello a un
hombre con sus manos, provocaban temor y admiración a partes iguales allá donde fuese, manteniendo alejados tanto a sus simpatizantes como a sus enemigos.

    Y esa tarde no iba a ser diferente.

     Los presentes a la asamblea mantenían una prudencial distancia en torno al Ángel Caído. Nadie se
atrevía a acercarse lo suficiente a él.

     Quizás fuese por la expresión terrorífica que mostraba su rostro, capaz de alejar despavorido hasta
el más acérrimo y experimentado guerrero, o bien eran por culpa de sus extraños ojos plateados, tan
parecidos a la plata fundida siempre fríos y carentes de sentimientos o compasión.

     Sólo un joven de largos cabellos azabaches y mirada brillante, vestido de una manera completamente diferente si se comparaba con los demás, se mantenía cerca. Éste parecía no pertenecer a aquel lugar, vistiendo unos ajustados pantalones de cuero oscuro y una camisa de lino
blanco bajo un chaleco a juego con los pantalones.

     Su postura y gestos arrogantes parecían gritar a los presentes que se atreviesen a increparle por
haber osado vestirse a la manera inglesa, en lugar del habitual kilt negro junto con el tartán sobre el
hombro derecho, que utilizaban los demás hombres.

     El inglés, al contrario que su compañero, sonreía de vez en cuando al observar visiblemente
divertido, las miradas desconfiadas y temerosas que les dirigían la mayoría de los presentes.

     En otras ocasiones, los grititos de miedo y los temblores que presenciaba en la gente de su
alrededor le molestaba. Se sentía insultado cuando los miembros del clan se apartaban de su lado,
como si él fuese capaz de alzar su espada contra ellos, cuando lo que juró ante la tumba no consagrada de su madre, era proteger a cada uno de los McLeod Oscuros hasta el día de su muerte.

     Pero esta tarde, hacían bien en temerle.

      Se sentía como un animal enjaulado a la fuerza siendo observado y juzgado. El que le hiciesen
esperar más de una hora, obligándolo a aguantar aquella farsa de asamblea, le estaba volviendo loco.
Estaba al límite.

      Si no fuera por el trato que realizó con el inglés que estaba a su lado, nunca habría expuesto sus
planes ante el Consejo, antes se habría cortado una mano que pedirle ayuda al Laird.

     Pero le había jurado a Hugh hacía una semana que iba a mantener las apariencias y las viejas
costumbres del clan solicitando una audiencia, encontrándose al límite de su paciencia de tanta farsa.
No dejaba de darle vueltas a la misma idea, tal vez hubiese sido mejor dejarle vía libre a la
creciente lujuria de su hermano pequeño, aunque eso significase borrarle los recuerdos a la mitad de
los padres con jóvenes hermosas a su cargo, que le exigían cuentas al sucumbir sus «frágiles e inocentes» hijas a los encantos del bastardo del Laird.

      Controlar la fogosidad del joven le estaba resultando una tarea propia de titanes. Le era casi
imposible hacerle entender al muchacho que reprimiese el instinto de meterla. ¿Es qué acaso Hugh no
podía mantener en buen recaudo su verga por un tiempo?

      Durante las continuas peleas verbales que mantenían acerca de este espinoso tema, siempre
acababa sufriendo un punzante dolor de cabeza, luchando contra la ira y la incredulidad que sentía
cuando su hermano no dejaba de darle la razón mientras sonreía orgulloso y se disculpaba de sus acciones al afirmar que eran las mujeres las que lo acosaban hasta el cansancio en busca de sus “grandes dotes amatorias” atraídas la mayoría de ellas por el peligro que suponía entablar una relación con él.

     Al escuchar la sarta de sandeces que salían de la boca del joven, le entraban unas terribles ganas
de partirle la cara, y de paso romperle una pierna para asegurarse que mantuviese su «espada»
envainada una larga temporada y no saltase de cama en cama en busca de aventuras.

     A pesar de que Hugh se había convertido en tan solo cinco años en su mejor guerrero  considerándolo muchas veces su mano derecha junto a su amigo Duncan, pocos eran los que olvidaban que era un bastardo. La mayoría de los miembros del clan nunca llegarían a confiar plenamente en él, observando con atención todos sus movimientos esperando encontrar una causa
para expulsarlo definitivamente de las tierras de los McLeods Oscuros.

     Gaerth suspiró y cerró los ojos.

     Quizás hubiese sido mejor no exigirle a Hugh que se mantuviese célibe durante dos semanas a
cambio de la audiencia, de todas maneras estaba seguro de que no iba a ser capaz de cumplir su parte
del trato, y él en cambio llevaba una hora aguantando los incesantes murmullos que había a su
alrededor.

     Tanto ruido estaba acabando con él, le estaba destrozando el férreo control que mantenía en su
cuerpo, provocándole un insoportable dolor de cabeza.

     Siempre era igual, después de que se descontrolase su don, le aparecía un fuerte dolor que se
extendía desde los ojos hasta la nuca, sintiendo que le partía el cráneo en dos.

     Un don que sólo unos pocos «elegidos» poseían, ya que era rara la capacidad de escuchar los
pensamientos ajenos.
Él era uno de los pocos afortunados que podía escucharlos como si fuesen sus propias ideas o
pensamientos, si se le podía llamar afortunado, al pobre hombre que no tenía intimidad alguna dentro
de su propia mente.

     Cuando el poder se desbordaba era incapaz de mantener la mente cerrada, absorbiendo los
recuerdos y sentimientos de los que estaban a su alrededor.

     Frunció el ceño dolorido, moviendo la cabeza de un lado para otro en busca de paz, en busca del
silencio.

      Una tranquilidad que no encontraría mientras permaneciese en una sala atestada de personas. Era
imposible que bloquease la mente cuando estaba cansado, rodeado de hombres y mujeres que no
dejaban de acribillarlo con sus miradas fijas y penetrantes que acompañaban a la avalancha de
pensamientos. En momentos como ese deseaba escapar lejos del castillo y acercarse al mar.

Continuará……………….



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